lunes, 20 de diciembre de 2010

55'6 y novedades interesantes a la par que preocupantes


¡Hola chicas!

Como ya os adelanté, vino mi novio cargado con más chocolate casi que ropa en la maleta. Esto supuso volver al círculo vicioso de antes: comer y llorar. Engordé un kilo en cinco días y me sentía muy frustrada. Estaba llorando en mi habitación y vino mi chico y me interrogó: que si no era feliz con él, que la convivencia me estaba desgastando... Y yo: "Que no, que no es eso. No preguntes más, por favor." Entonces se quedó varios minutos mirándome sin decir nada, pensando, y me dijo: "Lo que a ti te jode no es mi presencia, sino lo que traigo conmigo cuando voy a mi casa, ¿verdad?" Pues imaginaos, llorera otra vez. Y es que va a resultar que el niño no es tan tonto...
Yo seguía llorando y él me miraba fijamente, sin decir nada. Al rato, me suelta: "Mira Ana, yo no soy tonto y ya me dí cuenta hace mucho tiempo de lo que te pasaba. Y yo no sé qué hacer contigo, no sé si tengo que avisar a alguien o dejar que sigas así. Yo sólo quiero que seas feliz y no haces más que llorar y llorar. Y si tu depresión se debe a la comida... Yo te ayudaré. Sí, si así eres feliz, yo te voy a ayudar, porque no soporto verte más así, y si tengo que tirar por tierra mis principios para verte sonreír, lo haré."
Imaginaos mi cara en ese momento: no sabía si se estaba riendo de mí o si su forma de ayudar era llamar al psiquiatra más cercano. Así que le pregunté a qué se refería exactamente, y me pidió que primero le contara por qué lloraba y luego pensaría algo. Y yo le expliqué que lloraba porque comía y no quería comer, pero no podía evitarlo. Y que no podía controlarme: cuando empiezo a tragar, me atraco.
Me escuchó pacientemente y se quedó otro rato pensando, hasta que me dijo: "Bueno, yo sólo puedo hacer una cosa: esconderte las cosas que engordan y prepararte unas raciones pequeñitas de comida sana, pero vamos a establecer unas condiciones. La primera es que comeras lo que yo te diga, sólo eso, y la segunda, que cuando llegues a un IMC 18, vamos a parar de hacer dieta y vamos a centrarnos en mantener ese peso, pero no vas a bajar ni un gramo más o tendré que avisar a un médico, ¿de acuerdo?"
Y acepté. He seguido sus consejos: me prepara una rodaja de bizcocho en el desayuno, una loncha de pavo en la comida y una zanahoria por la noche. Me esconde la comida para que no me atraque y controla lo que como. ¿Resultado? El viernes pesaba 57'1 y hoy me he levantado con el 55'6, mi peso más bajo en 2 meses. No me he estancado en el 56, como me pasaba siempre. Y no tengo ansiedad porque no hay comida a la vista.
Claro, esto tiene una parte mala, no todo iba a ser bueno: yo estoy eufórica y pienso que me debe de querer mucho para ayudarme de esta manera, pero él se siente mal consigo mismo, porque piensa que es el peor novio del mundo y que está echando leña al fuego. Pero confío en que se le pase...

Bueno, chicas, he terminado por hoy con mis rollos. Voy a leeros un ratillo a ver qué tal os va a vosotras. Un besito de una felicísima Ana.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Día 6 de mi maquiavélico plan (mierda, me bajó la regla...)


Adoro la sensación del estómago vacío...
Llevo seis días sobreviviendo con sopas de sobre, ocasionales bocadillos de pan integral y pavo (sólo en días en los que tengo que trabajar, que no quiero caerme redonda) y gelatina de frambuesa para cuando me entra el ansia de dulce. Y me siento genial: no tengo ansiedad ni hambre, no estoy mareada y no me duele demasiado la cabeza. Y lo mejor de todo, el peso: vale, estoy con la regla y me siento horriblemente hinchada, pero esta mañana no aguantaba más y me he pesado. Adivinad: el día 1 pesaba 60'1 kg, hoy me he levantado con 56'8 kg :D Y todavía voy a estar otros dos días sola, así que espero ver el 55 para el día 10, que es cuando termino de hacer mi semiayuno porque vuelve mi novio.
Lo que tengo que hacer después de eso es no recuperarlo, lo sé. Y juro que el día de nochebuena voy a pesar, como mínimo, 54 kilos. He vuelto a encontrar la motivación que me faltaba y ahora sí que soy yo de nuevo.

Voy a pasarme por vuestros blogs rapidito, que esta noche tengo que hacer un trabajo y tengo que aprovechar mientras mi cabeza todavía esté lúcida xD

Un besito.

martes, 30 de noviembre de 2010

Mis pequeñas mentiras


Sí, aquí vuelvo, con el rabo entre las piernas.No escribo desde hace tres meses, desde mi adorada independencia. No porque no quisiera, ¡claro que quería contaros tantas cosas! Sencillamente, no podía escribiros para decir que soy un yoyó de grasa: un día 54, otro día 59... No sé lo que peso ahora y no me voy a pesar hasta el día 10 de diciembre: 10 días de relax y de ayunos a ratos...

¿Porqué he regresado ahora? Porque os necesito y no sabéis cuánto. Desde que estoy aquí sólo he hecho dos cosas: llorar y comer. Lloro porque me miro en el espejo todas las mañanas y me da rabia, mucha rabia ver que estoy tirando dos años de esfuerzo a la basura por culpa de él. Sí, de él, de mi novio: le quiero tanto, le necesito tanto, que como para que no se preocupe y no vomito para no asquearle. El título del post lo pongo en nuestro honor: sus pequeñas mentiras ("me encantas así", "no estás gorda", "come un poco más que no pasa nada"...) y las mías ("no tengo hambre, comí en la uni"...).

Nosotros vivimos juntos, para no levantar sospechas estuve todo el mes de septiembre comiendo normal. Poco, pero normal: tres veces al día. Y mi cuerpo, acostumbrado a aguantar con 400 calorías al día, empezó a almacenar. Así que, al empezar octubre, dejé de comer otra vez. Y él se enfado y me dijo: "¿Sabes? Hay gente que dice que lo que tú haces tiene nombre, y no es dieta...". Le miré y le pregunté desafiante si tenía huevos a decirme ese nombre. No se atrevió.
Cuando se fue al día siguiente me eché a llorar. ¿Qué prefiero: a él o ese cuerpo añorado? Y, amigas mías, ganó el corazón. Intento comer poco y saltarme todos los días la cena, pero me es difícil, así que aquí estamos: gorda y frustrada. Qué bien, estupendo...

El día 4 se va de puente y no volverá hasta el 9, así que estaré yo sola, y como estamos a fin de mes casi no queda comida en la casa, ¡podré ayunar, bien!

Os he echado mucho de menos. No escribo, pero estoy al tanto de todos vuestros post, os leo con avidez todas las semanas :D

La otra razón para volver ha sido que hoy es día 30 de noviembre. Hace dos años que todo empezó de nuevo para mí y es justo donde dejé mi historia, así que la retomo por ese punto:

30 de noviembre de 2008. Los espejos me persiguen, me llaman, me recuerdan un tiempo mejor. No aguanto más, quiero ver esos putos números. Quiero saber qué ha pasado en este transcurso de tiempo, desde mis primeros ayunos hasta hoy. Necesito comprobarlo por mí misma.

Lo que se dibujó en la pantalla no se me ha olvidado: 65'5. ¡¡PUTA GORDA!! ¿Cómo cojones has llegado a esto, Ana? ¿Dónde está tu orgullo, tu amor propio? ¡¡NO, NO Y NO!! ¡¡Esto va a cambiar de una vez por todas y nada ni nadie me lo va a impedir!!
Pero hay que ser discretos, querida, que la policía no es tonta. Tus padres conocen muuuuuuy bien por dónde pillarte, así que hagámoslo despacito, con tiempo, con mucho cuidado. Primero vas a dejar los putos bollos, pero todo de manera gradual. ¿Queso holandés, con lo que engorda? No, mejor Philadelphia light. ¿Fritos y empanados? ¡Ja! Quizás algún día, cielo, pero ahora no.
Pasados unos meses, empecé a ver resultados, pequeños avances, pero algo era algo. Los primeros 5 kilos fueron lo más fácil. Pero bien, ¿cómo empezar a saltarme comida, si me tienen más vigilada que en la cárcel? Miente, miente, miente: no me encuentro bien, ya no me gusta tal cosa, me sienta mal esto otro...
Eso es, Ana, has vuelto al redil. ¡Enhorabuena! Fijemos una meta realista: 50 kilos. Delgada, pero no lo suficiente como para levantar muchas sospechas. Bien, bien, esto marcha...

Hasta aquí por hoy, que tengo que acabar unas prácticas que he de entregar mañana.
Os mando muchísimos abrazos a todas :D Hasta la próxima actu.

martes, 7 de septiembre de 2010

Independencia por fin


Mañana ya me voy, y como allí no tendré internet hasta dentro de un par de semanas, me quería despedir de vosotras. El peso va bien dentro de lo que cabe: aunque he tenido unas cuantas cenas de despedida, estoy en 57'3. Como empiezo el día 13, todavía tengo unos días para llegar a los 54. ¡Espero bajar esos 3 kilos! Gracias a Dios que Katherine nos dejó su dieta proteica y me está ayudando bastante (aunque me empiezo a cansar de comer todos los días pollo xD).

Bueno, chicas, hoy no me enrollo. Me voy a hacer las maletas, que aún me queda casi todo por empaquetar (soy un desastre...).

¡Hasta pronto! Un besito.

viernes, 3 de septiembre de 2010

He crecido ^^


1'69 centímetros me dijo ayer la báscula de la farmacia, dos más de los que pensaba que tenía. Y 57 kilos, según la misma. Mi meta de 54 kg para el día 13 es un poco imposible, aunque no será por no intentarlo.
Me quedan 5 días para irme de casa, ¡viva, viva! Pero esta semana me trae un millón de calóricas fiestas de despedida: con un grupo de amigos, con otro, con mi chico, con la familia... Menos mal que cuando esté sola haré yo la compra y no entrará nada calórico en mi cocina. Apuesto a que puedo vivir de calabacín y pepino todo septiembre.

Y como no quiero que la entrada quede tan cortita, os voy a contar un trocito más sobre mí. Retomo donde lo dejé:

Estaba en 2º de la ESO. Tenía 14 años. Había seguido engordando (aunque a mí no me lo parecía) y no medía más de 1'50. Mi padre me pesaba en la báscula de la farmacia cada mes, miraba el papelito y suspiraba. Nunca me decía qué ponía. Su obsesión no era el peso, sino la altura. Todas las chicas crecían y se ponían más guapas, y yo era una masa disforme, gorda y con granos. Claro, él se daba cuenta de que yo no crecía al ritmo de las demás niñas y se preocupaba. Me llevaron al traumatólogo y al endocrino: me dijeron que estaba muy gorda y que presentaba problemas en el crecimiento, es decir, que crecería a los 16 o 17 años. Me resigné a esperar y a seguir gorda.

En primavera, hicimos una excursión para ver el nacimiento de un río. A la hora de la comida, se armó una pelea. Al querer defender al chico que me gustaba de las "barbies", yo me convertí en el blanco de sus burlas. Empezaron a cantar una canción que todavía me hace llorar cuando la recuerdo:
"Eres una obsesa, eres una obsesa, eres una obsesa de la comida..." (Ese año estaba de moda el "Eres un enfermo" de las Supremas de Móstoles, qué le vamos a hacer). Aquella humillación pública, entre una lluvia de "gorda", "gorda" y "gorda", fue coreada por todos y cada uno de mis compañeros. Y los que yo creía "amigos" (menos uno, el pobre JC, que siempre fue un cielo conmigo) se intentaban aguantar la risa.
Llegué a casa totalmente hundida, y me juré que sería la última vez que alguien me llamaría gorda. La última.
Dejé de comer. Casi por completo. Antes podía beberme unos 2 litros de coca-cola normal al día, ya no volví a probarla (incluso a día de hoy me da asco su sabor dulce). Las cosas que antes adoraba, como los bollos o las patatas fritas, dejaron de existir para mí. Me prohibí pasar las tardes lamentando mi suerte y tragando bocatas de beicon. Por que eso era lo que hacía: era una paria por ser gorda, y en vez de ponerle remedio, me refugiaba en la comida. Nadie quería ser amiga de esa gorda rara, y con razón.

Llegó el verano. La ropa se me caía. No me pesaba porque me daba pánico ver los números en la báscula. No quería verlos, no quería convertirme en lo que soy ahora: una persona que se pesa tres veces al día y cuya obsesión es el número que se dibuja en la pantalla. No me pesé en todo ese tiempo, no lo necesitaba: empezaba a ver cómo se me borraba la panza y cómo empezaba a tener cintura. ¡Yo, cintura! ¡Era increíble! ¡No sabía que yo tuviera de eso!

Mis padres se daban cuenta, pero no decían nada, porque yo estaba MUY gorda y querían que adelgazase. Siempre recuerdo a mis padres llamándome gorda sutilmente (sobretodo mi madre). Todo iba bien: ya era agosto, pronto sería septiembre y podría restregarles a esas hijas de puta todo lo que había conseguido. ¡Muy bien, Ana! Te ha costado muchos días sin comer, muchos vómitos y mucho esfuerzo, pero lo lograste.
Poco antes de que terminara el mes, decidí ayunar por completo hasta que empezaran las clases. Mis padres nunca estaban en casa, así que no veían lo que comía, y mi hermano prefería comer solo viendo los Simpsons. Al sexto día, me empecé a sentir muy mal, pero seguí haciendo ejercicio. Me mareaba, tenía nauseas, me dolía mucho la cabeza y la tripa. Iba a comerme una manzana para que se me pasara, estaba en la cocina al lado de la mesa, cuando se me nubló la vista y me sentí caer. Me desperté en el hospital. Mis padres se debatían entre las ganas de hostiarme y la pena que les daba. Les había decepcionado y les había puesto en ridículo como padres, además de ponerme en peligro a mí. Todo se descubrió: vieron que estaba al borde de la anemia y de la desnutrición y que tenía la garganta destrozada por el vómito. Me querían llevar a la planta de psiquiatría, pero como mi madre es enfermera, convenció al médico para que me dejara irme a casa, ella me cuidaría.
No me cuidaron, me atiborraron. No me dejaban ir al baño sola ni dejarme nada en el plato. Y si me tenían que hostiar para que comiera, lo hacían (sobretodo mi madre). Me sentía tan triste que acabé cediendo y volviendo a refugiarme en la comida. Y engordé: no lo recuperé todo, pero sí mucho. Hasta que tres años después, un 30 de noviembre de 2008, me miré al espejo y me horroricé. Y por primera vez en mi vida, me subí voluntariamente a una báscula.

Otro día sigo. Me voy a leeros.

Un besito.